viernes, 13 de mayo de 2016

Reseña de Las cosas que perdimos en el fuego

Las cosas que perdimos en el fuego es el nuevo libro de cuentos de Mariana Enríquez. Me enteré de su existencia leyendo una nota en Babelia (el suplemento cultural del diario El País) donde reseñaban su nueva obra, publicada por Anagrama. No quise leer toda la nota porque quien la escribió spoileaba el final de El aljibe, uno de los cuentos de su libro anterior, Los peligros de fumar  en la cama (reseñado acá), y temí que me arruinara los cuentos de Las cosas... Le comenté a mi novio, contenta, que había salido algo nuevo de Enríquez, y él me contestó que ya sabía. 



De haber sabido, no hubiera dejado de hablar al respecto. ¡De haber sabido, me lo podría haber comprado en la Feria del Libro! Al final me lo terminó yendo a comprar él, que sí volvió a la Feria. El día que me lo trajo, mientras él miraba Game of Thrones antes de ir a la facultad (tenemos un profesor que gusta de spoilear cada episodio durante la clase) lo comencé a leer ansiosamente, sin soltarlo en todo el día. Aproveché minutos sueltos de la clase de Semiología, el almuerzo, hasta ese rato muerto e inútil que transcurre mientras me como el garrón de hacer fila para ir al baño. Después de terminarlo, estuve pensando una serie de adjetivos para describirlo. Se me ocurrieron los siguientes: 
  • Visceral
  • Chocante
  • Crudo
  • Angustiante
  • Desagradable
  •  Brutal
Los cuentos de Enríquez son siempre oscuros, feroces. Tienen dientes. Te revuelven el estómago. En los once relatos que componen el libro hay magia negra, hikikomori, ritos oscuros con niños muertos o monstruosos, uñas arrancadas, obsesiones, casas fantasmales. Pero esas cosas espantosas no existen en algún lugar lejano: están acá. Acá, en Constitución; acá, en el conurbano; acá, en un pueblito en las afueras de la Capital. Hay situaciones que se sienten profundamente familiares, aunque no siempre sean las mejores. Las travas y las putas que se reparten las esquinas, los santuarios callejeros del Gauchito Gil y San La Muerte, la policía corrupta, tanto o más peligrosa que los delicuentes que persigue; los fumadores de paco que generan lástima y miedo, las calles vacías a la hora de la siesta, la frontera borrosa de la villa, el código del barrio que te salva de que te afanen. Si vivís en un lugar así, lo sentís propio, pesadillescamente posible. Si no, Enríquez te lo pinta tan vívidamente que lo entendés como si nunca hubieras vivido de otra manera.


Otra cosa que ayuda a componer ese ambiente tan terrible y familiar a la vez es la similitud a algunos casos reales. El chico sucio, por ejemplo, me remite al caso de Ramoncito, un niño correntino violado, torturado y decapitado en el marco de un sacrificio ritual (para más información pueden leer La Misa del Diablo, el completísimo libro de Miguel Prenz, que recoge testimonios sobre el hecho), mientras que Bajo el agua negra me lleva al caso de Ezequiel Demonty, el chico que la policía obligó a tirarse al Riachuelo y murió ahogado en esas aguas podridas. Las cosas que perdimos en el fuego, el cuento que da su nombre a la recopilación, comienza con un hecho real (que ojalá no lo fuera): la ola de mujeres prendidas fuego por sus parejas, que un tiempo atrás fue un must para los maridos violentos. También en El patio del vecino podemos atisbar algo familiar:  hace apenas dos años se descubrió a una chica que vivía encadenada en un garage.

Enríquez recoge estas historias y las hace aún más terribles. La lectura te deja asqueado y con miedo, porque en el fondo tenés la sospecha de que podría pasarte algo así en cualquier momento, que podés tener la mala suerte de ser esa chica que un día no volvió más, ese pibe que un día dijo basta y se encerró para siempre.  Y tienen gancho. Te agarran fuerte, se cierran sobre vos, crueles y potentes como la mordida de un perro callejero que no pudiste esquivar. 


No sé ustedes, pero yo pienso mucho en las cosas horribles que hace la gente. Cuando miro a las personas que pasan me pregunto qué tan cerca habremos estado de morir, decenas de veces, de las que escapamos -sin saberlo- por escasos segundos. Qué locos quedaríamos si supiéramos a ciencia cierta cuantas veces estuvimos en compañía de un asesino serial (¿tal vez ese señor mayor que te preguntó la hora?), un violador (¿el policía que te dijo cómo llegar a esa calle que buscabas?), un perverso que se masturba mirando fotos de chicas muertas (¿el vecino de al lado, amable y callado?). Los monstruos son reales, existen y los vemos todos los días, pero no los reconocemos porque se disfrazan, como el lobo del cuento infantil que se ponía harina para blanquearse la pata y fingir ser la madre de los corderitos (con cierto éxito, además: se los come a todos). 


Sintetizando: lean estos cuentos. Son muy buenos. Dan miedo. Repulsión. Y a diferencia de Los peligros de fumar en la cama, las historias de Las cosas... tienen, en su mayoría, una resolución concreta. Algo que no me gustaba tanto era esa forma que tiene de cerrar los cuentos abruptamente, preparar algo horrible para después dejarte lleno de dudas acerca de lo que realmente pasó. En Las cosas... casi todos los relatos tienen un cierre satisfactorio y horrendo (tal vez, en ese sentido, el menos logrado sea La hostería, que promete mucho pero te deja medio en el aire).

En conclusión: 

 
P.D: Mientras buscaba el artículo de Babelia para leerlo (ahora ya tranquila, sabiendo que no podría spoilearme nada) encontré otra nota sobre Mariana Enríquez, en un Página/12 de abril que no había leído. En la contratapa, el escritor Juan Forn (quien leyó su primera novela y decidió publicarla) cuenta cómo la conoció, cómo era  en esa época: una piba que todavía estaba en el colegio, una darki badass que fumaba y escribía de forma lúgubre. Acompaña al texto una foto de Mariana cuando era (más) joven: una adolescente con borcegos que no mira a cámara, seria, despatarrada. La miro y pienso: quisiera ser ella, o como ella, joven, ya publicada, buena autora, interesante. Pero soy yo, una gordita pajera que usa dos pares de medias porque tiene los pies helados, que nunca será (y nunca fue) cool, que se conforma con admirarla a la distancia. Al escribir esto, me lleno de alegría porque recuerdo que hace poco leí que estaba escribiendo una novela y eso me encanta, porque quiero más. Más, para siempre.



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